Ser cortador y tener calidad de vida: un reto… ¿posible?

Visto desde fuera, un Cortador trasmite la imagen de alguien que vive realmente bien: ganando dinero sin trabajar, en apariencia, demasiado. Pero, al acercarnos al día a día de cada uno ellos, descubrimos que la mayoría tienen varias ocupaciones más allá del Corte.

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Esto supone jornadas laborales realmente agotadoras en las que cuesta disfrutar de lo que se hace. Sin embargo, si somos capaces de fijar un punto de partida sólido, aunque reduzcamos los ingresos, podremos obtener un beneficio inmaterial pero de una importancia capital: la calidad de vida. De eso trata este consejo, de cómo conciliar Cortar con Vivir.

 

                Ejemplos hay tantos como profesionales del cuchillo, pero pongamos uno de los que se repiten con mayor frecuencia. Un señor tiene una charcutería en la que invierte muchas horas de lunes a sábado, no sólo en la atención al público, sino madrugando para ir a por género a los almacenes, reponiendo estanterías tras bajar la persiana… Y tras todo esto, cuando llega el fin de semana, saca fuerzas para ir a Cortar Jamón a varios eventos.

 

                En una situación como esta, el profesional se queda sin apenas tiempo que dedicar a su familia u otros placeres como el descanso o sus aficiones. Y es posible que, cuando tenga un momento, quiera dedicarlo a asistir a algún concurso o feria relacionada con el Jamón. Una situación de manual para explicar el “cuanto más dinero ganas, más dinero gastas”. Hemos entrado en una espiral donde el trabajo nos consume y el dinero no renta. Una situación en la que hay que preguntarse “¿Realmente este ritmo me hace feliz?”.

                Este consejo no es ni tan siquiera un consejo. Se trata más bien de una idea que dejo ahí para que cada cual que se sienta reflejado en una situación similar, reflexione. Para tener claro hasta dónde merece la pena alargar el horario laboral y qué líneas rojas no debemos cruzar. La idea que os lanzo es la siguiente:

                Los Cortadores debemos saber valorar en qué actividad nos encontramos más cómodos y dónde la rentabilidad de nuestro trabajo es más alta. Así, podremos valorar de forma objetiva en qué “nos renta más” invertir el tiempo, y cuánto. Eso es clave para conseguir un buen punto de equilibrio entre trabajo y beneficio.

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                Para muestra, un botón.

                Un ejemplo con el que me topé hace tiempo fue el de un señor que tenía una carnicería con una gran diversidad de productos. Ello le suponía trabajar durante largas jornadas (reponiendo tantas referencias distintas, yendo a comprar, mantenerlo todo en perfecto orden de revista…). Y no sólo eso: los fines de semana cortaba Jamón en eventos. El nivel de estrés y cansancio alcanzó unos niveles insanos, esos en los que ya no merece la pena, y dio un giro.

                Se centró sólo en los productos de su carnicería que le proporcionaban un mayor rendimiento, como el Jamón cortado a cuchillo. Al centrarse en pocos productos empezó a mover volúmenes mayores y, en consecuencia, podía comprar más barato. Poco a poco, el trabajo en la carnicería se fue haciendo más tranquilo gracias a esta estrategia que le hizo seleccionar los productos que más rentabilidad le reportaban, prescindiendo de aquellos que sólo daban volumen y consumían tiempo. De primavera a otoño, bajaban sus ingresos en la tienda pero subían sensiblemente los de cortar jamón en celebraciones. Y, para Navidad, bajaban los eventos pero se disparaba la venta en la tienda, sobre todo de Jamón a cuchillo. Esta apuesta por el Jamón se convirtió en una “pescadilla que se muerde la cola” ya que la presencia en el establecimiento de muchos jamones distintos y su compromiso con el corte se convirtió en el mejor filón comercial para clientes del día a día, que lo llamaban o lo recomendaban para sus eventos del fin de semana. Y así, con menos trabajo pero mejor focalizado, no sólo mejoró ingresos sino que, sobre todo, pudo disfrutar más tiempo con su familia y con diferentes actividades que le apasionaban, ganó en calidad de vida. Y, os aseguro, que se alegraba cada día.

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Casos hay miles, pero otro de ellos que se me viene a la memoria es justo el contrario. Un señor con una carnicería-charcutería que le iba muy bien y decide comenzar también con los eventos en fin de semana. Tanta era la demanda de tiempo y energía que le suponían ambas actividades que tuvo que plantear parar, no podía más. Así que decidió seguir con su actividad normal en su negocio y los eventos los dejó como algo puntual, acudiendo sólo a aquellos a los que le apetecía realmente ir, los que iba a disfrutar, evitando la presión y la velocidad en la que había vivido sumergido anteriormente. Paró el ritmo, se focalizó y vivió.

Creo que sería interesante que todos los que leamos estas líneas nos preguntemos si nos vemos reflejados en estas situaciones y qué podemos hacer para cambiarlo. Para pasar de la cantidad a la calidad, y poder valorar cuánto podemos levantar el pie del acelerador para seguir llevando nuestro rumbo hacia el puerto que imaginemos. 

Escuela Internacional de Cortadores de Jamón

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